El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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—Es usted, Natário, quien debe ir a ver al secretario general. Usted tiene lengua, lógica…

—Si los colegas lo desean —dijo Natário inclinándose—, voy. ¡Y le voy a cantar las cuarenta a la autoridad!

Amaro permanecía junto a la mesa, con la cabeza entre las manos, hundido. Y el Libaninho murmuraba:

—Ay, queridos, conmigo no va nada, pero sólo de oír toda esa porquería hasta se me doblan las piernas. Ay, hijos, qué disgusto…

Pero oyeron la voz de la señora Joaquina Gansoso subiendo por la escalera; y el canónigo, inmediatamente, con voz prudente:

—Colegas, delante de las señoras lo mejor es no hablar más de esto. Con lo que hay, llega.

Poco después, apenas entró Amélia, Amaro se levantó, dijo que tenía un fuerte dolor de cabeza y se despidió de las señoras.

—¿Y sin tomar el té? —preguntó la Sanjoaneira.

—Sí, señora —dijo él, poniéndose el abrigo—, no me encuentro bien. Buenas noches… Y usted, Natário, aparezca mañana a la una por la catedral.

Estrechó la mano de Amélia, que se la abandonó entre los dedos pasivos y blandos, y salió con los hombros curvados.

La Sanjoaneira, desconsolada, observó:


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