El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —El señor párroco iba muy pálido.
El canónigo se levantó, y en tono impaciente e irritado:
—Si iba pálido, ya mañana estará colorado. Y ahora quiero decir una cosa: ¡esa porquerÃa del periódico es la mayor de las calumnias! No sé quién lo ha escrito ni para qué lo ha escrito. Pero son estupideces e infamias. Es un necio y un canalla, quienquiera que sea. Lo que tenemos que hacer ya lo sabemos, y como ya se parloteó bastante sobre el caso, ordene la señora que traigan el té. Y lo hecho, hecho está, no se hable más del asunto.
Los rostros, alrededor, continuaban contristados. Y entonces el canónigo añadió:
—¡Ah! Y quiero decir otra cosa: como no se ha muerto nadie no hay necesidad de estar aquà con esa cara de pésame. ¡Y tú, pequeña, siéntate al instrumento y tócame esa Chiquita!
El secretario general, el señor Gouveia Ledesma, antiguo periodista y, en años más expansivos, autor del libro sentimental Devaneos de un soñador, estaba en aquel momento a cargo del distrito, en ausencia del gobernador civil.