El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Era un joven bachiller que pasaba por tener talento. Había hecho papeles de galán en el teatro universitario, en Coimbra, con muchos aplausos, y en aquella época había cogido la costumbre de pasear de tarde por A Sofia con el aire fatal con el que sobre el escenario se tiraba de los pelos o se llevaba el pañuelo a los ojos en los lances de amor. Después, en Lisboa, había arruinado un pequeño patrimonio con el amor de Lolas y Cármenes, cenas en el Mata, mucho pantalón en Xafredo y perniciosas compañías literarias: a los treinta años estaba pobre, saturado de mercurio y era autor de veinte folletines románticos en Civilização: pero se había vuelto tan popular que era conocido en los burdeles y en los cafés por un apodo cariñoso: era el «Bibi». Juzgando entonces que conocía a fondo la existencia, se dejó crecer las patillas, empezó a citar a Bastiat, frecuentó los salones y entró en la carrera administrativa: ahora llamaba a la república, que tanto había exaltado en Coimbra, una absurda quimera; y Bibi era un pilar de las instituciones.
Detestaba Leiría, donde pasaba por espiritual; y les decía a las señoras, en las soirées del diputado Novais, «que estaba cansado de la vida». Se rumoreaba que la esposa del bueno de Novais estaba loca por él: y era cierto que Bibi había escrito a un amigo de la capital: «En cuanto a conquistas, poco por ahora; sólo tengo en el bote a la Novaisita».