El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Se habÃa levantado tarde; y aquella mañana, sentado en robe de chambre a la mesa del desayuno, partÃa sus huevos cocidos leyendo con nostalgia en el periódico la narración apasionada de un pateo en Sao Carlos, cuando el criado, un gallego traÃdo de Lisboa, fue a decirle que «estaba allà un cura».
—¿Un cura? ¡Que pase! —Y murmuró para su satisfacción personal—: El Estado no debe hacer esperar a la Iglesia.
Se levantó y extendió sus dos manos hacia el padre Natário, que entraba muy puesto, vestido con su amplia sotana de alpaca.
—¡Una silla, Trindade! ¿Quiere una taza de té, señor cura? ¡Soberbia mañana! ¿Eh? Estaba precisamente pensando en usted, quiero decir, estaba pensando en el clero, en general… Acabo de leer sobre las peregrinaciones que se están haciendo a Nuestra Señora de Lourdes… ¡Gran ejemplo! Miles de personas de los mejores cÃrculos… Es realmente consolador ver renacer la fe… Aún ayer lo decÃa yo en casa de Novais: «Al final, la fe es el móvil fundamental de la sociedad». Tome una taza de té… ¡Ah! ¡Es un gran bálsamo!
—No, gracias, ya he desayunado.
—¡Pero no! ¡Cuando digo un gran bálsamo me refiero a la fe, no al té! ¡Jo, ja! Tiene gracia, ¿no?