El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —¿¡Suspendido!? Por favor, señor cura. ¡Ciertamente no querrá Su Señoría que volvamos a la época de los corregidores mayores! ¡Suspender el periódico! ¡Pero si la libertad de prensa es un principio sagrado! Ni las leyes de prensa lo permiten… Incluso una querella del ministerio público porque un periódico diga dos o tres bribonadas sobre el cabildo, ¡imposible! ¡Tendríamos que querellamos contra toda la prensa de Portugal, con excepción de A Nação y O Bem Público! ¿Adónde irían a parar la libertad de pensamiento, treinta años de progreso, la propia idea gubernamental? ¡Pero nosotros no somos los Cabrais, mi querido señor! ¡Nosotros queremos luz, muchísima luz! ¡Lo que nosotros queremos es precisamente luz!
Natário tosió parsimoniosamente, dijo:
—Perfectamente. Pero entonces, cuando en tiempo de elecciones venga la autoridad a pedir nuestra ayuda, nosotros, viendo que no encontramos en ella protección, diremos sencillamente: Non possumus!
—¿Y cree usted que por apego a un puñado de votos proporcionados por los señores abades vamos nosotros a traicionar a la civilización?
Y el viejo Bibi, adoptando una pose grandiosa, soltó esta frase:
—Somos hijos de la libertad, ¡no renegaremos de nuestra madre!