El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro El lunes no se contuvo y fue a la Rua da Misericórdia. La Sanjoaneira estaba abajo, en la salita, con el canónigo Dias.
Y apenas vio a Amaro:
—¡Oh, señor párroco, dichosos los ojos! ¡Estaba hablando de usted! Ya nos extrañaba no verlo, ahora que hay alegría en la casa.
—Ya sé, ya sé —murmuró Amaro, pálido.
—Alguna vez tenía que ser —dijo el canónigo jovialmente—. Dios los haga felices y les dé pocos hijos, que la carne está muy cara.
Al escuchar arriba el piano, Amaro sonrió.
Era Amélia, que tocaba como otras veces el Vals de los dos mundos; João Eduardo, muy pegado a ella, le pasaba las hojas de la partitura.
—¿Quién ha entrado, Ruça? —gritó ella, oyendo los pasos de la criada en la escalera.
—El señor padre Amaro.
Un chorro de sangre le abrasó el rostro. Y el corazón le latió tan fuerte que sus dedos quedaron por un momento inmóviles sobre el teclado.
—No hacía falta aquí el señor padre Amaro —murmuro João Eduardo entre dientes.