El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Amélia se mordió el labio. Odió al escribiente: de pronto le repugnaron su voz, sus modales, su presencia de pie junto a ella. Se deleitó pensando cómo después de casada —ya que tenía que casarse— ¡se confesaría con el padre Amaro y no dejaría de amarlo! No sentía remordimientos en aquel momento; y casi deseaba que el escribiente viese en su rostro la pasión que la perturbaba.
—¡Por favor, hombre! —le dijo—. Échese un poco más hacia allá, que ni me deja los brazos libres para tocar.
Terminó abruptamente el Vals de los dos mundos y comenzó a cantar el Adeus:
Ai! Adeus, acabaramse os dias
que ditoso vivi ao teu lado…
Su voz se elevaba con una modulación ardiente, dirigiendo el canto a través del entarimado, hacia abajo, hacia el corazón del párroco.
Y el párroco, con su bastón entre las rodillas, sentado en el canapé, devoraba cada nota de su voz mientras la Sanjoaneira parloteaba, contándole las piezas de algodón que había comprado para las sábanas, los arreglos que iba a hacer en la habitación de los novios y las ventajas de vivir juntos…
—Va a ser una maravilla —interrumpió el canónigo levantándose muy despacio—. Vamos arriba, que no está bien que estén los novios solos…