El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Amélia había quedado como abstraída, recorriendo inconscientemente el teclado con los dedos. Aquel gesto del padre Amaro confirmaba su idea: ¡quería deshacerse de ella a toda costa, el muy ingrato! ¡Hacía «como si no hubiese pasado nada», el muy villano! En su cobardía de cura, aterrorizado por el señor chantre, por el periódico, por la arcada, por todo, ¡la expulsaba de su imaginación, de su corazón, de su vida, como se expulsa a un insecto venenoso!… Entonces, para hacerlo rabiar, empezó a cuchichear cariñosamente con el escribiente; se rozaba contra su hombro, rendida, con risitas y secretitos; intentaron, con jovial alborozo, tocar una pieza a cuatro manos; después ella lo pellizcó, él soltó un gritito exagerado. Y la Sanjoaneira los contemplaba arrobada, mientras el canónigo dormitaba y el padre Amaro, abandonado en una esquina como otrora el escribiente, hojeaba un viejo álbum.

Pero un brusco repique de la campanilla los sobresaltó a todos: pasos rápidos atravesaron la escalera, pararon abajo, en la salita, y la Ruça apareció diciendo «que era el señor padre Natário, que no quería subir y que deseaba decirle una cosa al señor canónigo».

—Malas horas para embajadas —rezongó el canónigo, arrancándose con esfuerzo del fondo confortable de la butaca.


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