El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Amélia cerró el piano y la Sanjoaneira, dejando la media, fue de puntillas a escuchar al rellano de la escalera. Fuera, el viento soplaba con fuerza y por las esquinas de la plaza se iba alejando el toque de retreta.
Finalmente la voz del canónigo llamó desde abajo, desde la puerta de la salita:
—¿Amaro?
—¿Profesor?
—Venga aquí, hombre. Y dígale a la señora que también puede venir.
La Sanjoaneira bajó, muy asustada. Amaro imaginó que el padre Natário ¡por fin había descubierto al «liberal»!
La salita parecía muy fría con la débil luz de la vela sobre la mesa. Y en la pared, en un viejo lienzo muy oscuro —recientemente regalado por el canónigo a la Sanjoaneira—, destacaba un rostro lívido de monje y el frontal de una calavera.
El canónigo Dias se había acomodado en un rincón del canapé, sorbiendo reflexivamente su pulgarada de rapé. Y Natário, que caminaba por la sala, exclamó:
—¡Buenas noches, señora! ¡Hola, Amaro! ¡Traigo novedades!… No he querido subir porque he supuesto que estaría el escribiente y éstas son cosas nuestras. Estaba empezando a decirle al colega Dias… Ha estado en mi casa el padre Saldanha. ¡Pintan bastos!