El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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—Y no hay duda —agregó Natário— de que si hay otro artículo y más habladurías cae el rayo con seguridad.

—Miren al pobre Brito —murmuró Amaro—, ¡desprestigiado, a la sierra!

Arriba debió de ocurrir algo gracioso, porque se oyeron las risotadas del escribiente.

Amaro rezongó con rencor:

—¡Menuda fiesta, ahí arriba!…

Salieron. Al abrir la puerta una ráfaga de viento golpeó la cara de Natário con una lluvia fina.

—¡Mira tú qué noche! —exclamó furioso.

Sólo el canónigo llevaba paraguas; y abriéndolo despacio, dijo:

—Pues amigos, no hay más que verlo, estamos en paños menores…

De la ventana de arriba, iluminada, salían los sonidos del piano acompañando la Chiquita. El canónigo resoplaba, sosteniendo con fuerza el paraguas contra el viento; a su lado, Natário, lleno de hiel, apretaba los dientes encogido en su capote; Amaro caminaba con la cabeza baja, con un abatimiento de derrota; y mientras los tres curas, así refugiados bajo el paraguas del canónigo, marchaban por la calle chapoteando en los charcos, aquella lluvia penetrante y sonora los fustigaba desde atrás con ironía.


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