El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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—Pues está claro —dijo el canónigo—. Y ahora, buenas noches les dé Dios a todos, que yo voy a jugar a la lotería entre las sábanas. Y Amaro también.

Amaro estrechó silenciosamente la mano de Amélia y los tres curas bajaron callados. En la salita la vela ardía todavía con una débil llama. El canónigo entró a buscar su paraguas; y entonces, llamando a los demás, cerrando despacito la puerta, les dijo en voz baja:

—Colegas, hace un momento no he querido asustar a la pobre señora, pero estas cosas del chantre, estas habladurías… ¡Es el demonio!

—Hay que andar con cuidadito, amigos —aconsejó Natário, ahogando la voz.

—Es serio, es serio —murmuró lúgubremente el padre Amaro. Estaban de pie en medio de la salita. Fuera, el viento ululaba: la luz agitada de la vela iluminaba y ensombrecía alternativamente el cuadro con el frontal de calavera, y arriba, Amélia canturreaba la Chiquita.

Amaro recordaba otras noches felices en las que, triunfante y sin cautelas, hacía reír a las señoras. Y Amélia, gorjeando «Ai chiquita que sí», le dedicaba miradas rendidas…

—Yo —dijo el canónigo—, ustedes ya lo saben, tengo para comer y para beber, no me importa… ¡Pero es necesario conservar el honor del estamento!


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