El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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El té fue silencioso. El canónigo, a cada bocado de tostada, respiraba jadeante, fruncía mucho el ceño; la Sanjoaneira, después de hablar de doña Maria da Assunção, que estaba acatarrada, se quedó toda triste, con la frente sobre el puño. Natário, a grandes zancadas, provocaba una ventolera en la sala con las alas de su capote.

—¿Y cuándo es esa boda? —exclamó, parándose de pronto ante Amélia y el escribiente, que tomaban el té sobre el piano.

—Un día de éstos —respondió ella sonriendo.

Amaro entonces se levantó despacio, y sacando su reloj:

—Son horas de que me vaya acercando a la Rua das Sousas, señores —dijo, con una voz desalentada.

Pero la Sanjoaneira no consintió. ¡Caramba, estaban todos enfurruñados, como si estuviesen de pésame! Que jugasen una partida de lotería para distraerse…

Pero el canónigo, saliendo de su modorra, dijo con severidad:

—Está usted muy confundida, señora, nadie está enfurruñado. No hay razones sino para estar alegres. ¿No es verdad, señor novio?

João Eduardo se removió con inquietud, sonrió:

—Por mi parte, señor canónigo, no tengo motivos sino para estar feliz.


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