El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —Secundo —continuó Natário—: es lo que iba a decirle al colega Dias… El señor chantre, en vista del «Comunicado» y de otros ataques de la prensa, está decidido a «reformar las costumbres del clero diocesano», palabras del padre Saldanha… Que le desagradan sumamente los conciliábulos de eclesiásticos y mujeres… Que quiere saber qué es eso de sacerdotes bonitos tentando a jóvenes bonitas. En fin, palabras textuales de Su Excelencia, «¡está decidido a limpiar los establos de Augias!…». Lo que en buen portugués quiere decir, señora mía, que se va a armar un buen tiberio.
Hubo una pausa consternada. Y Natário, plantado en medio de la salita con las manos metidas en los bolsillos, exclamó:
—¿Qué les parece esta última hora, eh?
El canónigo se levantó con pachorra:
—Mire, colega —dijo—, entre los muertos y los heridos alguno habrá que escape… Y usted, señora, no se quede ahí con esa cara de Mater Dolorosa y mande servir el té, que es lo importante.
—Yo le he dicho al padre Saldanha que… —comenzó a perorar Natário.
Pero el canónigo lo interrumpió con brusquedad:
—¡El padre Saldanha es un engreído!… Vamos a tomarnos las tostaditas y allí arriba, delante de los novios, chitón.