El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Se comentaba mucho, en efecto, la nueva amistad del padre Natário con el padre Silvério. Cinco años atrás se habÃa producido en la sacristÃa de la catedral, entre los dos eclesiásticos, una disputa escandalosa: Natário incluso habÃa avanzado hacia el padre Silvério con el paraguas en ristre, pero el buen canónigo Sarmento, bañado en lágrimas, lo retuvo por la sotana, gritando: «¡Oh, colega, que es la perdición de la religión!». Desde entonces Natário y Silvério no se hablaban, con gran disgusto de Silvério, un bonachón de obesidad hidrópica que, según decÃan sus confesadas, «era todo afecto e indulgencia». Pero Natário, enjuto y pequeño, era tenaz en el rencor. Cuando el señor chantre Valadares empezó a gobernar el obispado, los llamó y, después de recordarles con elocuencia la necesidad «de conservar la paz en la Iglesia», de rememorarles el ejemplo conmovedor de Cástor y Pólux, empujó a Natário con grave suavidad a los brazos del padre Silvério, quien lo tuvo durante un momento sepultado entre la vastedad de su pecho y su estómago, murmurando muy emocionado:
—¡Todos somos hermanos, todos somos hermanos!