El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Pero Natário, cuya naturaleza dura y grosera nunca perdía, como el cartón, las dobleces que adquiría, mantuvo hacia el padre Silvério una actitud resentida; en la catedral o en la calle, al pasar a su lado, apenas rezongaba haciendo un gesto brusco con el cuello: «Señor padre Silvério, ¡a su disposición!».
Hacía dos semanas, sin embargo, una tarde de lluvia, Natário había visitado inesperadamente al padre Silvério con el pretexto de que «lo había pillado el chaparrón y venía a guarecerse un momento».
—Y también —añadió— para pedirle su receta para el dolor de oídos, ¡que una de mis sobrinas, la pobre, está como loca, colega!
El buen Silvério, olvidando que todavía aquella mañana había visto a las dos sobrinas de Natário sanas y alegres como dos gorriones, se apresuró a escribir la receta, feliz por poder dar utilidad a sus queridos estudios de medicina casera; y murmuraba, sonriente:
—Mire qué alegría, colega, ¡verlo otra vez aquí, en esta casa que es la suya!