El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Una mañana, los empleados del ayuntamiento —que estaba entonces en el Largo de la Catedral— se lo pasaron muy bien observando desde el balcón a los dos curas, que paseaban por el empedrado bajo el templado sol de mayo. El señor alcalde —que se pasaba las horas de oficina seduciendo con un binóculo, desde detrás del ventanal de su despacho, a la esposa del sastre Teles— de repente había empezado a reírse a carcajadas junto a la ventana. El escribano Borges corrió rápidamente al balcón, con la pluma en la mano, a ver de qué se reía Su Señoría y, muy divertido, bufando, llamó deprisa a Artur Couceiro, que estaba copiando una canción de la «Grinalda» para tocar con la guitarra; el amanuense Pires, severo y digno, se aproximó ladeando hacia la oreja su birretina de seda, temeroso de las corrientes de aire; y juntos, la mirada gozosa, observaban a los dos curas, que se habían detenido en la esquina de la iglesia. Natário parecía excitado; sin duda intentaba persuadir, convencer al padre Silvério; y en puntillas, plantado ante él, movía frenéticamente sus manos muy delgadas. Después, de pronto, lo cogió del brazo, lo arrastró a lo largo del atrio empedrado: al llegar al final se paró, reculó, hizo un gesto amplio y desolado, como confirmando su posible perdición, la de la catedral contigua, la de la ciudad, la del universo en torno; el buen Silvério, con los ojos muy abiertos, parecía aterrorizado. Y reiniciaron el paseo. Pero Natário se exaltaba; daba bruscos reculones, lanzaba estocadas con su largo dedo al vasto estómago de Silvério, pateaba furioso las losas pulidas; y de repente, con los brazos caídos, se mostraba abatido. Entonces el buen Silvério, con la palma de la mano sobre el pecho, habló un poco; inmediatamente, la cara biliosa de Natário se iluminó; dio unos saltitos, propinó en el hombro del colega palmaditas de mucho júbilo y los dos sacerdotes entraron en la catedral, juntos y riendo por lo bajo.