El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —¡Qué bufones! —dijo el escribano Borges, que detestaba las sotanas.
—Es todo por lo del periódico —dijo Artur Couceiro yendo a retomar su trabajo lírico—. Natário no estará tranquilo mientras no sepa quién escribió el «Comunicado»; lo dijo en casa de la Sanjoaneira… Y a través del Silvério va por buen camino, que es el confesor de la mujer de Godinho.
—¡Chusma! —murmuró Borges con repugnancia.
Y continuó tranquilamente con el oficio que componía, remitiendo para Alcobaça a un preso que, al fondo de la salita, entre dos soldados, esperaba sentado en un banco, postrado y embrutecido, con cara de hambre y las manos esposadas.
Pocos días después hubo en la catedral el funeral de cuerpo presente por el rico propietario Morais, muerto de un aneurisma y a quien su esposa, sin duda en penitencia por los disgustos que le había dado por su afición desordenada a los tenientes de infantería, estaba haciendo, como se comento, «exequias de familia real». Amaro se había desvestido y, en la sacristía, a la luz de un viejo candil de latón, escribía asientos atrasados, cuando la puerta de roble rechinó y la voz alterada de Natário dijo:
—¡Eh, Amaro! ¿Está usted ahí?
—¿Qué hay?