El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Como cristiano, como párroco, como amigo de la Sanjoaneira, su deber era buscar a Amélia y con sencillez, sin pasión interesada, decirle que había sido João Eduardo, su novio, el autor del «Comunicado».
¡Había sido él! Había difamado a los íntimos de la casa, sacerdotes sabios y de posición; la había desacreditado a ella; se pasa las noches en depravación en la pocilga de Agostinho; insulta al clero rastreramente; presume de irreligiosidad; ¡hace seis años que no se confiesa! Como dice el colega Natário, ¡es una fiera! ¡Pobre chiquilla! ¡No, no podía casarse con un hombre que le impediría la vida de perfección, que se mofaría de sus buenas creencias! No la dejaría rezar, ni ayunar, ni buscar en el confesor la dirección edificante y, como decía el santo padre Crisóstomo, «¡maduraría su alma para el infierno!». Él no era su padre ni su tutor, pero era párroco, era pastor, y si no la sustraía a aquel destino herético mediante sus graves consejos y la influencia de la madre y las amigas, sería como el que guarda el rebaño en una finca e inicuamente le abre la cancela al lobo. ¡No, Améliazinha no se casaría con el ateo!