El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Salieron. La botica de Carlos estaba cerrada, el cielo muy oscuro.
En el Largo, Natário se detuvo.
—Resumiendo: Dias habla con la Sanjoaneira y usted habla con la pequeña. Yo, por mi parte, me entenderé con la gente del Gobierno Civil y con Nunes Ferral. ¡Encárguense ustedes de la boda, que yo me encargo del empleo! —Y golpeando jovialmente el hombro del párroco—: ¡Es lo que podríamos llamar atacar por el corazón y por el estómago! Y adiós, que las pequeñas me esperan para la cena. ¡Pobrecita, Rosa ha estado con un catarro…! Es debilucha esa chiquilla, me preocupa mucho… Si es que cuando la veo mustia hasta pierdo el sueño. ¿Qué quiere usted? Cuando se tiene buen corazón… Hasta mañana, Amaro.
—Hasta mañana, Natário.
Y cuando daban las nueve en la catedral, los dos curas se separaron.
Amaro entró en casa aún temblando un poco, pero muy decidido, muy feliz: ¡tenía un deber delicioso que cumplir! Y decía en voz alta, recorriendo la casa con pasos majestuosos, para imbuirse bien de aquella gran responsabilidad:
—¡Es mi deber! ¡Es mi deber!