El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Amaro sintió horror ante aquella intriga rencorosa:
—Dios me perdone, Natário, pero eso es arruinar al muchacho.
—Mientras no lo vea por esas calles pidiendo un trozo de pan, ¡no lo suelto, padre Amaro, no lo suelto!
—¡Pero Natário! ¡Oh, colega! Eso es poco caritativo… Eso no es de cristianos… Mire que aquí lo está oyendo Dios…
—No se preocupe por eso, mi querido amigo… A Dios se le sirve así, no bisbiseando padrenuestros ¡No hay caridad para los impíos! La Inquisición los atacaba con el fuego, no me parece mal atacarlos con el hambre. A quien sirve una causa santa todo le está permitido… ¡Que no se metiese conmigo!
Iban a salir, pero Natário echó una ojeada al ataúd del muerto, y señalándolo con el paraguas:
—¿Quién está allí?
—Morais —dijo Amaro.
—¿El gordo picado de viruelas?
—Sí.
—Menudo animal. —Y tras un silencio—: Fueron los funerales de Morais… Ni me he enterado, aquí ocupado en mi campaña… Y la viuda queda rica. Es generosa, es regaladora… La confiesa Silvério, ¿no? ¡Tiene las mejores bicocas de Leiría, ese elefante!