El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —¡Hombre! —dijo Amaro retrocediendo—, ¡no sé si eso es verdad!
—Debe de serlo. Es capaz de todo. Y además es una manera de convencer a la pequeña…
Y fueron saliendo todos de la iglesia detrás del sacristán, que hacía tintinear su manojo de llaves, mientras carraspeaba ruidosamente.
En las capillas colgaban lienzos de paño negro galoneados de plata; en el medio, entre cuatro robustos velones de llama gruesa, estaba la capilla ardiente, con el amplio manto de terciopelo que cubría el ataúd de Morais cayendo en pliegues escalonados; a la cabecera tenía una gran corona de siemprevivas; y a los pies, su hábito de caballero de Cristo colgaba de un gran lazo de cinta escarlata.
El padre Natário se detuvo, y cogiendo del brazo a Amaro, con satisfacción:
—Y además, mi querido amigo, le tengo otra preparada al caballero…
—¿Qué?
—¡Cortarle los víveres!
—¿Cortarle los víveres?
—El granuja estaba a punto de ser empleado en el Gobierno Civil, de primer amanuense, ¿no? ¡Pues le voy a estropear el arreglito!… Y Nunes Ferral, que es de los míos, hombre de buenas ideas, lo va a echar de la notaría… ¡Y que escriba entonces «Comunicados»!