El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Los dos curas entonces se miraron fijamente. En el silencio, el viejo reloj de la sacristía ponía su triste tictac. Natário sacó del bolsillo de los pantalones la caja de rapé y, con la mirada todavía fija en Amaro, la pulgarada en los dedos, dijo sonriendo friamente:

—Deshacerle la bodita, ¿eh?

—¿Usted cree? —preguntó ávidamente Amaro.

—Querido colega, es una cuestión de conciencia… ¡Para mí es una cuestión de deber! No se puede permitir que la pobre chica se case con un golfo, un masón, un ateo…

—¡En efecto, en efecto! —murmuraba Amaro.

—Viene al pelo, ¿eh? —dijo Natário y sorbió con gozo su pulgarada.

Pero entró el sacristán; eran horas de cerrar la iglesia, venía a preguntar si tardaban Sus Señorías.

—Un momento, señor Domingos.

Y mientras el sacristán pasaba los pesados cerrojos de la puerta interior del patio, los dos curas, muy próximos, hablaban en voz baja.

—Usted vaya a hablar con la Sanjoaneira —decía Natário—. No, escuche, es mejor que se lo diga Dias; Dias es quien debe hablar con la Sanjoaneira. Vamos a lo seguro. ¡Usted hable con la pequeña y dígale sencillamente que lo ponga fuera de casa! —Y al oído de Amaro—: ¡Dígale a la chiquilla que él vive en intimidad con una desvergonzada!


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