El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —Ah, colega, eso ya… Los cómos y los porqués… Usted ya me entiende… Sigillus magnus! —Y con una voz chillona de triunfo, a grandes zancadas por la sacristía—: ¡Pero esto aún no es nada! El señor Eduardo que nosotros veíamos allí, en casa de la Sanjoaneira, tan buen chico, es un bribón añejo. Es amigo íntimo de Agostinho, el bandido de la Voz do Distrito. Está metido en la redacción hasta altas horas de la noche… Orgías, vino peleón, mujeres… Y se jacta de ser ateo… Hace seis años que no se confiesa… Nos llama la canalla canónica. Es republicano… Una fiera, mi querido amigo, ¡una fiera!
Escuchando a Natário, Amaro apilaba papeles nerviosamente, con las manos temblorosas, en la gaveta del escritorio.
—¿Y ahora?… —preguntó.
—¿Ahora? —exclamó Natário—. ¡Ahora hay que aplastarlo!
Amaro cerró la gaveta y, muy nervioso, pasándose el pañuelo por los labios secos:
—¡Una cosa así, una cosa así! Y la pobre chiquilla, qué desgracia… Casarse ahora con un hombre así… ¡Un perdido!