El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Y sosegado por esta argumentación, se acostó en calma. Pero toda la noche soñó con Amélia. Había huido con ella y la llevaba por una carretera que conducía al cielo. El diablo lo perseguía; él lo veía, con las facciones de João Eduardo, resoplando y rasgando con los cuernos los delicados senos de las nubes. Y él escondía a Amélia bajo su capote de cura y, ocultos, ¡la devoraba a besos! Pero la carretera del cielo no tenía fin. «¿Dónde está la puerta del paraíso?», preguntaba a ángeles de cabelleras de oro que pasaban, con un dulce rumor de alas, llevando almas en sus brazos. Y todos le contestaban: «¡En la Rua da Misericórdia en la Rua da Misericórdia, número nueve!». Amaro se sentía perdido; un vasto éter del color de la leche traslucido y suave como un plumón de ave, lo envolvía. ¡Buscaba en vano el letrero de una posada! A veces pasaba a su lado rozándolo un globo brillante del que salía el rumor de una creación; o un escuadrón de arcángeles, con corazas de diamante sosteniendo en lo alto espadas de fuego, galopaba con ritmo señorial…