El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Amélia tenÃa hambre tenÃa frÃo. «¡Paciencia, paciencia, amor mio!» le decÃa él. Caminando se encontraron con una figura blanca que tenÃa en la mano una paloma verde. «¿Dónde está Dios, nuestro padre?», le preguntó Amaro, con Amélia acurrucada en su pecho. La figura dijo: «Yo fui un confesor y soy un santo; los siglos pasan e invariablemente, sempiternamente, sostengo en la mano esta paloma y me inunda un éxtasis idéntico. Ningún dolor modifica esta luz para siempre blanca; ninguna sensación sacude mi ser para siempre inmaculado e inmóvil en la bienaventuranza, siento que la monotonÃa del cielo me pesa como una plancha de bronce. ¡Oh! ¡Ojalá pudiera yo caminar a grandes pasos por las diferentes imperfecciones de la tierra, o bracear bajo distintas variedades de dolor en las llamas del purgatorio!». Amaro murmuró: «¡Que bien hacemos nosotros pecando!». Pero Amélia, fatigada, desfallecÃa. «¡Duramos, amor mÃo!» Y, acostados, veÃan estrellas fluctuando en el polvo cósmico igual que la cizaña salta vivamente en la criba. Entonces las nubes empezaron a rodearlos, en forma de pliegues de cortina, exhalando un perfume de sachets: Amaro puso su mano sobre el pecho de Amélia; un éxtasis muy dulce los hechizaba; se abrazaron, sus labios se unÃan húmedos y calientes: «¡Oh, Améliazinha!», murmuraba él. «¡Te amo, Amaro, te amo!», suspiraba ella. Pero de repente las nubes se separaron como los cortinajes de un lecho; y Amaro vio ante sà al diablo, que los habÃa alcanzado y que, con las garras apoyadas en la cintura, entreabrÃa la boca en una carcajada muda. Con él estaba otro personaje: era viejo como la materia; en los anillos de sus cabellos vegetaban bosques; su pupila tenÃa la inmensidad azul de un océano; y por sus dedos abiertos, con los que se mesaba la barba interminable, caminaban como por senderos, hileras de razas humanas. «Aquà están los dos sujetos», le decÃa el diablo retorciendo la cola. Y Amaro veÃa a legiones de santos y de santas aglomerándose tras él. Reconoció a san Sebastián, con sus saetas clavadas; a santa Cecilia, llevando su órgano en la mano; por entre ellos oÃa balar a los rebaños de san Juan; y en el medio se alzaba el buen gigante san Cristóbal, apoyado en su pino. ¡Acechaban, cuchicheaban! Amaro no podÃa separarse de Amélia, que lloraba muy bajito; sus cuerpos estaban sobrenaturalmente pegados; y Amaro, afligido, veÃa que las faldas de ella, levantadas, dejaban al descubierto sus rodillas blancas. «Aquà están los dos sujetos», le decÃa el diablo al personaje viejo, «y repare mi estimado amigo, porque aquà somos todos observadores, ¡que la pequeña tiene unas bonitas piernas!» Santos vetustos se pusieron de puntillas ávidamente, estirando pescuezos en los que se veÃan cicatrices de martirios; y las once mil vÃrgenes levantaron el vuelo como palomas despavoridas. Entonces el personaje, frotándose las manos, en las que se desgranaban universos, dijo con gravedad: «¡Me doy por enterado, mi querido amigo, me doy por enterado! Asà que, señor párroco, se va usted a la Rua da Misericórdia, arruina la felicidad del señor João Eduardo, todo un caballero, arranca a Améliazinha de su mamá y viene a saciar concupiscencias reprimidas a un rinconcito de la eternidad… Yo estoy viejo y está ronca esta voz que otrora discurseaba tan sabiamente por los valles. Pero ¿cree que me asusta el señor conde de Ribamar, su protector, a pesar de ser un pilar de la Iglesia y una columna del orden? Faraón era un gran rey… ¡y yo lo ahogué, a él, a sus principitos, a sus tesoros, a sus carros de guerra y a sus manadas de esclavos! ¡Uno es asÃ! Y si los señores eclesiásticos continúan escandalizando LeirÃa, piensen que aún sé quemar una ciudad como si fuese un papel inservible ¡y que aún me queda agua para diluvios!». Y volviéndose hacia dos ángeles armados de espadas y lanzas, el personaje bramó: «¡Prendan unos grilletes en los pies del cura y llévenlo al abismo número siete!». Y el diablo chillaba: «¡Ahà están las consecuencias, señor padre Amaro!». Él se sintió arrebatado del seno de Amélia por unas manos de brasa; e iba a luchar, gritar contra el juez que lo juzgaba… cuando un sol prodigioso que nacÃa por oriente cayó sobre el rostro del personaje y Amaro, con un grito, ¡reconoció al Padre Eterno!