El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Despertó bañado en sudor. Un rayo de sol entraba por la ventana.
Aquella noche João Eduardo, que iba desde la plaza a casa de la Sanjoaneira, se asustó al ver aparecer en el otro extremo de la calle, por la parte de la catedral, el Santísimo en procesión.
¡Y se dirigía a casa de las señoras! Entre las viejas con las cabezas cubiertas con mantos, los velones hacían destacar túnicas de paño escarlata; bajo el palio brillaban los dorados de la estola del párroco; delante, sonaba una campanilla, en las ventanas se encendían luces. Y en la noche oscura de la catedral, las campanas repicaban sin cesar.
João Eduardo corrió asustado y enseguida se enteró de que se trataba de la extremaunción de la paralítica.
Habían puesto en la escalera una lámpara de petróleo encima de una silla. Los monaguillos arrimaron a la pared de la calle las varas del palio y el párroco entró. João Eduardo, muy nervioso, también subió; iba pensando que la muerte de la paralítica, el luto, retardarían su boda; lo contrariaba la presencia del párroco y la influencia que adquiría en aquel momento; y casi fue antipático cuando le preguntó a la Ruça en la salita:
—¿Qué ha pasado?