El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —La pobre de Cristo que esta tarde empezó a agonizar, vino el señor doctor, dijo que se estaba acabando y la señora ha mandado venir los sacramentos.
João Eduardo consideró que sería fino asistir a la ceremonia. La habitación de la vieja estaba al lado de la cocina y tenía en aquel momento una solemnidad lúgubre.
Sobre una mesa cubierta por un mantel con volantes había un plato con cinco bolitas de algodón entre dos velas de cera. La cabeza de la paralítica, completamente blanca, su cara del color de la cera, apenas se distinguían del lino de la almohada; tenía los ojos estúpidamente abiertos, y apretaba sin parar, con un gesto lento, el embozo de la sábana bordada. La Sanjoaneira y Amélia rezaban arrodilladas junto a la cama: doña María da Assunção —que había entrado de casualidad, al volver de su finca— se había quedado en la puerta de la habitación, asustada, encogida sobre sus talones, bisbiseando salves. João Eduardo, sin ruido, dobló la rodilla a su lado.