El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro El padre Amaro, inclinado sobre la paralítica, la exhortaba, hablándole casi al oído, a que se abandonase a la misericordia divina; pero al ver que ella no lo entendía, se arrodilló, recitó rápidamente el Misereatur, y en el silencio, su voz, elevándose en las sílabas latinas más agudas, producía una sensación de entierro que conmovía y hacía llorar a las dos mujeres. Después se incorporó, mojó un dedo en los santos óleos; murmurando las expresiones penitentes del ritual le humedeció los ojos, el pecho, la boca, las manos que desde hacía diez años sólo se movían para acercar la escupidera, y las plantas de los pies, que desde hacía diez años sólo se aplicaban a buscar el calor de la botija. Y después de quemar las bolitas de algodón humedecidas en aceite, se arrodilló, se quedó quieto, con los ojos fijos en el breviario.
João Eduardo volvió de puntillas a la sala, se sentó en la banqueta del piano; ahora, probablemente, durante cuatro o cinco semanas Amélia no volvería a tocar… Y una melancolía lo languideció al ver en el dulce progreso de su amor aquella brusca interrupción de la muerte y sus ceremoniales. Doña María entró entonces, muy trastornada por aquella escena, seguida por Amélia, que tenía los ojos muy enrojecidos.