El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —¡Ah! ¡Menos mal que aún está aquí, João Eduardo! —dijo entonces la vieja—. Quiero que me haga un favor, que me acompañe a casa… Estoy temblando… Me ha cogido desprevenida y, que Dios me perdone, no soporto ver gente moribunda… Y ella, pobrecilla, se va como un pajarito… Y pecados no tiene… Mire, vamos por la plaza, que queda más cerca. Y disculpe… Hija, perdona, pero no puedo quedarme… Es que me venía el dolor… ¡Ay, qué disgusto!… Aunque para ella hasta es mejor… Fíjate, que me siento desfallecer.
Hasta fue necesario que Amélia la llevase abajo, a la habitación de la Sanjoaneira, para reconfortarla caritativamente con una copita de mosto.
—Améliazinha —dijo entonces João Eduardo—, si me necesitan para cualquier cosa…
—No, gracias. Le da a veces, pobrecita…
—No te olvides, hija —aconsejó, mientras bajaba, doña María da Assunção—, ponle dos velas benditas a la cabecera… Alivia mucho la agonía… Y si tuviese muchas convulsiones, ponle otras dos apagadas, en cruz… Buenas noches… ¡Ay, que ni me siento!
En la puerta, apenas vio el palio, los hombres con los velones, se apoderó del brazo de João Eduardo, se pegó mucho a él, aterrorizada… y un poco también por el acceso de ternura que siempre le producía el mosto.