El crimen del padre Amaro

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Amaro había prometido volver más tarde para «acompañarlas, como amigo, en aquel trance». Y el canónigo (que había llegado cuando el cortejo con el palio doblaba la esquina por la parte de la catedral), informado de esta delicadeza del señor párroco, declaró inmediatamente que, en vista de que el colega Amaro iba a quedarse velando, él se iba a darle descanso al cuerpo porque, bien lo sabía Dios, aquellas conmociones le arrasaban la salud.

—Y la señora no querrá que yo coja una y me vea en las mismas dificultades…

—¡Por Dios, señor canónigo! —exclamó la Sanjoaneira—, ¡no diga esas cosas!… —Y empezó a lloriquear, muy impresionada.

—Pues entonces, buenas noches —dijo el canónigo— y nada de afligirse. Mire, la pobre criatura alegrías no tenía, y como no tiene pecados, tampoco le importa hallarse en presencia de Dios. Bien considerado, señora, ¡es una suerte! Y adiós, que no me estoy encontrando bien…

Tampoco la Sanjoaneira se encontraba bien. La impresión, poco después de comer, le había dado dolor de cabeza. Y cuando Amaro regresó, a las once, Amélia, que había ido a abrir la puerta, le dijo, subiendo al comedor:


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