El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —Tiene usted que perdonar… A mi madre le ha entrado dolor de cabeza, pobre… Estaba que ni veía… Se ha acostado, se ha puesto agua sedativa y se ha quedado dormida…
—¡Ah! ¡Déjenla dormir!
Entraron en la habitación de la paralítica. Tenía la cabeza vuelta hacia la pared; de sus labios salía un gemido muy débil y continuo.
Sobre la mesa, ahora, una gruesa vela bendita, con la mecha negra, despedía una luz triste; y en el rincón, transida de miedo, la Ruça, siguiendo las recomendaciones de la Sanjoaneira, rezaba la corona.
—El señor doctor —dijo Amélia en voz baja— dice que muere sin sentir nada… Dice que gemirá, gemirá y, de repente, se irá como un pajarito.
—Que sea la voluntad de Dios —murmuró gravemente el padre Amaro.
Volvieron al comedor. Toda la casa estaba en silencio; fuera, el viento soplaba con fuerza. Hacía muchas semanas que no se encontraban así, solos. Muy apurado, Amaro se acercó a la ventana; Amélia se arrimó al aparador.
—Vamos a tener una noche de agua —dijo el párroco.
—Y hace frío —dijo ella encogiéndose en el chal—. Ando muerta de miedo…
—¿Nunca ha visto morir a nadie?