El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —Nunca.
Callaron. Él, inmóvil junto a la ventana. Ella, apoyada en el aparador, con los ojos bajos.
—Pues hace frío —dijo Amaro con voz alterada por la turbación que le causaba su presencia a aquella hora de la noche.
—En la cocina están las brasas encendidas —dijo Amélia—. Es mejor que vayamos allí.
—Es mejor.
Fueron. Amélia llevó la lámpara de latón; y Amaro, al ir a remover con las tenazas las brasas rojas, dijo:
—Cuánto tiempo hace que no entro aquí en la cocina… ¿Aún tiene los tiestos con los ramitos por fuera de la ventana?
—Aún, y un clavel…
Se sentaron en sillitas bajas, junto a la lumbre. Amélia, inclinada hacia el fuego, notaba los ojos del padre Amaro devorándola en silencio. Él iba a hablarle, ¡seguro! Las manos le temblaban; no se atrevía a moverse ni a levantar los párpados, temerosa de estallar en lágrimas; pero se moría por oír sus palabras, amargas o dulces…
Llegaron por fin, muy solemnes.