El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —Señorita Amélia —dijo—, yo no esperaba poder hablar con usted a solas en estas circunstancias. Pero las cosas han salido así… ¡Es la voluntad del Señor! Y además, como su trato ha cambiado tanto…
Ella se volvió bruscamente, toda encarnada, la boquita trémula.
—¡Usted bien sabe por qué! —exclamó casi llorando.
—Lo sé. Si no fuese por aquel infame «Comunicado» y las calumnias… nada hubiese pasado y nuestra amistad sería la misma y todo iría bien… Es precisamente de eso de lo que quiero hablarle. —Aproximó su silla a la de ella y muy suave, muy tranquilo—: ¿Recuerda ese artículo en el que se insultaba a todos los amigos de la casa? ¿En el que yo era arrastrado por la calle de la amargura? ¿En el que usted misma, su honra, era ofendida?… Se acuerda, ¿verdad? ¿Sabe quién lo escribió?
—¿Quién? —preguntó Amélia, muy sorprendida.
—El señor João Eduardo —dijo el párroco con mucha tranquilidad, cruzando los brazos ante ella.
—¡No puede ser!
Se había puesto en pie. Amaro le tiró suavemente de las faldas para hacer que se sentase; y su voz continuó, paciente y suave: