El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —Yo he creído que, como íntimo de la casa, como párroco, como cristiano, como amigo suyo, señorita Amélia…, porque créame que la quiero…, en fin, ¡he creído que era mi deber avisarla! Si yo fuese su hermano le diría simplemente: «Amélia, ¡ese hombre fuera de casa!». No lo soy, desgraciadamente. Pero vengo, con el alma entregada, a decirle: «El hombre con el que quiere casarse sorprendió su buena fe y la de su madre; viene aquí, sí señor, con apariencias de buen chico y en el fondo es…». —Se levantó, como herido por una indignación irreprimible—: Señorita Amélia, ¡es el hombre que escribió ese «Comunicado»! ¡El que ha hecho que manden a Brito a la sierra de Alcobaça! ¡El que me llamó a mí seductor! ¡El que llamó libertino al canónigo Dias! ¡Libertino! ¡El que arrojó veneno en las relaciones de su madre y el canónigo! ¡El que la acusó a usted, hablando en plata, de dejarse seducir! Diga, ¿quiere casarse con ese hombre?
Ella no contestó. Tenía los ojos clavados en el fuego, dos lágrimas mudas sobre las mejillas.
Amaro dio unos pasos irritados por la cocina; y volviendo junto a ella, con voz meliflua y gestos muy amistosos: