El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —No llore —dijo él tomando suavemente su mano entre las suyas, temblorosas—. Abrase conmigo… Venga, tranquilÃcese, todo tiene remedio. No hay amonestaciones publicadas… DÃgale que no quiere casarse, que lo sabe todo, que lo odia… —Acariciaba, apretaba suavemente la mano de Amélia. De súbito, con un ardor brusco—: Usted no le quiere, ¿verdad?
Ella respondió en voz muy baja, con la cabeza caÃda sobre el pecho:
—No.
—¡Entonces, ya está! —dijo él excitado—. Y dÃgame, ¿le gusta otro?
Ella guardó silencio, con el pecho jadeante, los ojos dilatados fijos en el fuego.
—¿Le gusta otro? ¡DÃgamelo, dÃgamelo!
Le pasó el brazo por el hombro, atrayéndola dulcemente. Ella tenÃa las manos abandonadas sobre el regazo; sin moverse, volvió despacio hacia él los ojos resplandecientes bajo una niebla de lágrimas; y entreabrió lentamente los labios, pálida, completamente desfallecida. Él acercó su boca temblando… y se quedaron quietos, pegados en un solo beso, muy largo, muy profundo, los dientes contra los dientes.
—¡Señora! ¡Señora! —gritó dentro, de repente, aterrorizada, la voz de la Ruça.