El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Amaro se puso en pie de un salto, corrió hacia el cuarto de la paralítica. Amélia temblaba tanto que necesitó apoyarse en la puerta de la cocina durante un instante, con las piernas dobladas, la mano sobre el corazón. Se recuperó, bajó a despertar a su madre.
Cuando entraron en la habitación de la idiota, Amaro, arrodillado, casi con el rostro encima del lecho, rezaba. Las dos mujeres se arrojaron al suelo, una respiración acelerada sacudía el pecho, los costillares de la vieja; y a medida que el jadeo se volvía más ronco, el párroco aceleraba sus oraciones. De repente, el sonido agonizante cesó. Se incorporaron; la vieja estaba inmóvil, con los globos de los ojos salidos y empañados. Había expirado.
El padre Amaro llevó entonces a las mujeres a la sala. Y allí, la Sanjoaneira, curada de su jaqueca por la impresión, se desahogó entre accesos de llanto, recordando el tiempo en que la pobre hermana era joven, ¡y qué bonita era!, ¡y qué buena boda había estado a punto de hacer con el mayorazgo de A Vigareira!
—¡Y qué carácter más bueno, señor párroco! ¡Una santa! Y cuando nació Amélia, que yo estuve tan mal, ¡no se aparto de mi lado, noche y día!… Y alegre, no había otra igual… ¡Ay, Dios de mi alma, Dios de mi alma!
Amélia, apoyada sobre el cristal de la ventana ensombrecida, miraba aturdida la noche negra.