El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Sonó entonces la campanilla. Bajó Amaro, con una vela. Era João Eduardo, que al ver al párroco en la casa a aquella hora se quedó petrificado junto a la puerta abierta; por fin balbució:
—Venía a saber si había alguna novedad…
—La pobre mujer acaba de morir.
—¡Ah!
Los dos hombres se miraron fijamente durante un instante.
—Si me necesitan para alguna cosa… —dijo João Eduardo.
—No, gracias. Las señoras van a acostarse.
João Eduardo se puso pálido de rabia ante aquellos modales de dueño de la casa. Estuvo dudando todavía un momento, pero al ver al párroco abrigar la luz con la mano contra el viento de la calle:
—Bien, buenas noches —dijo.
—Buenas noches.
El padre Amaro subió. Y después de dejar a las dos mujeres en la habitación de la Sanjoaneira (porque, llenas de miedo, querían dormir juntas), volvió a la habitación de la muerta, puso la vela sobre la mesa, se acomodó en una silla y comenzó a leer el breviario.