El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Más tarde, cuando toda la casa estaba en silencio, el párroco, notándose entorpecido por el sueño, fue al comedor, se reconfortó con una copa de vino de oporto que encontró en el aparador, y saboreaba plácidamente el cigarro cuando oyó en la calle pasos de botas fuertes que iban y venÃan bajo las ventanas. Como la noche estaba oscura no pudo distinguir al «paseante». Era João Eduardo, que rondaba la casa, furioso.