El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Al día siguiente, temprano, doña Josefa Dias, que acababa de llegar de misa, se quedó muy sorprendida al oír a la criada que fregaba las escaleras decirle en voz baja:
—¡Está aquí el padre Amaro, doña Josefa!
Últimamente el párroco iba muy pocas veces a casa del canónigo; y rápidamente doña Josefa gritó, halagada y ya curiosa:
—¡Que suba aquí, no hace falta ceremonia! Es como de la familia. ¡Que suba!
Estaba en el comedor, colocando en una fuente cuadraditos de mermelada, con un vestido de barege negro abierto en el costado y arqueado alrededor de los tobillos por un miriñaque de un solo aro; llevaba puestos esa mañana anteojos azules; se dirigió de inmediato al rellano, arrastrando sus espantosas chinelas de orillo y componiendo por debajo del pañuelo negro apretado sobre la cabeza un aspecto agradable para recibir al señor párroco.
—¡Dichosos los ojos! —exclamó—. Yo acabo de llegar, ya con la primera misita ganada. Hoy he ido a la capilla de Nuestra Señora del Rosario… La dijo el padre Vicente. ¡Ay! ¡Y qué bien me ha hecho, señor párroco! Siéntese. Ahí no, que le viene aire de la puerta… Y así que la pobre paralítica se ha ido… Cuente, señor párroco…
