El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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—¡Ay, señor párroco, por Dios, ni me hable, ni me hable! Que ayer, cuando estuvo aquí el padre Natário, hasta tuve remordimientos por oír tanto pecado… Le debo ese favor al padre Natário, tan pronto como se enteró vino a contármelo… Es muy delicado… Y fíjese, señor párroco, que a mí ese hombre siempre me dio mala espina… ¡Nunca lo dije, nunca lo dije! Porque, eso no, esta boquita no se pone nunca en vidas ajenas… Pero tenía aquí dentro un presentimiento. Él iba a misa, cumplía con el ayuno; pero yo tenía aquí dentro la sospecha de que todo era para engañar a la Sanjoaneira y a la pequeña. ¡Ahora ya se ve! ¡A mí nunca me cayó en gracia! ¡Nunca, señor párroco! —Y, de repente, con los ojitos brillantes de alegría perversa—: Y ahora, claro, ¿se deshace la boda?

El padre Amaro se recostó en la silla, y muy pausadamente:

—Señora, sería un escándalo que una joven de buenos principios fuese a casarse con un masón que no se confiesa desde hace seis años.

—¡Ya lo creo, señor párroco! ¡Antes verla muerta! Hay que contarle todo a la chiquilla.

El padre Amaro acercó rápidamente su silla hasta donde estaba ella:


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