El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —Pues precisamente para eso he venido a buscarla, señora. Yo ya hablé ayer con la pequeña… Pero, comprenda, en medio del disgusto, con la pobre mujer muriendo al lado, no pude insistir mucho. En fin, le dije lo que había, la aconsejé con buenos modos, le expliqué que iba a perder su alma, llevar una vida desgraciada, etcétera. Hice lo que pude, señora, como amigo y como párroco. Y como era mi deber, aunque me costó, verdaderamente me costó, le recordé que, como cristiana y como mujer, estaba obligada a romper con el escribiente.
—¿Y ella?
El padre Amaro hizo un gesto descontento:
—No dijo ni que sí ni que no. Empezó a poner morritos, a lloriquear. Es cierto que estaba muy alterada por la muerte que tenía en casa. Que la chiquilla no se muere por él, eso está claro; pero quiere casarse, tiene miedo de que la madre muera, verse sola… En fin, ¡ya sabe cómo son las chicas jóvenes! Mis palabras le hicieron efecto, quedó muy indignada, etcétera. Pero, en fin, yo he pensado que lo mejor es que hable usted con ella. Usted es amiga de la casa, es su madrina, la conoce desde niña… Estoy seguro de que en su testamento piensa dejarle algún buen recuerdo… Todo esto son apreciaciones.
—¡Ay, déjelo de mi cuenta, señor párroco! —exclamó la vieja—. ¡Se las voy a decir todas juntas!