El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —La chica lo que necesita es alguien que la guíe. Aquí, entre nosotros, ¡necesita un confesor! Ella se confiesa con el padre Silvério; pero, sin querer hablar mal de nadie, el padre Silvério, el pobre, poco vale. Mucha caridad, mucha virtud; pero lo que se dice mano no tiene. Para él la confesión es la absolución. Pregunta la doctrina, después hace el examen por los mandamientos de la ley de Dios… ¡Ya ve usted!… ¡Está claro que la chiquilla no roba, ni mata, ni desea a la mujer de su prójimo! La confesión así no le aprovecha; lo que ella necesita es un confesor firme, que le diga… ¡por allí!, y sin rechistar. La chiquilla es un espíritu débil; como la mayor parte de las mujeres, no sabe orientarse sola; por eso necesita un confesor que la guíe con mano de hierro, al que obedezca, al que le cuente todo, al que le tenga miedo… Un confesor como es debido.
—Usted, señor párroco, sí que le iría bien…
Amaro sonrió modestamente: