El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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—No digo que no. La aconsejaría bien, soy amigo de la madre, creo que ella es una buena muchacha y digna de la gracia de Dios. Y yo, siempre que hablo con ella, todos los consejos que puedo, en todo, se los doy… Pero usted ya comprende, hay cosas de las que no se puede estar hablando en la sala, con la gente alrededor… Sólo se está bien en el confesionario. Y lo que me faltan son ocasiones de hablarle a solas. Pero, en fin, yo no puedo ir y decirle: «¡A partir de ahora, la señorita se va a confesar conmigo!». Yo en eso soy muy escrupuloso…

—¡Pero se lo digo yo, señor párroco! ¡Ah, se lo digo yo!

—¡Pues eso sí que sería un gran favor! ¡Sería un bien que le haría a aquella alma! Porque si la chica me entrega la dirección de su espíritu, entonces podemos decir que se acabaron las dificultades y que la tenemos en el camino de la gracia… ¿Y cuándo va a hablarle, doña Josefa?

Doña Josefa, como juzgaba pecado «posponer las cosas», estaba decidida a hablar con ella esa misma noche.

—No me parece, doña Josefa. Hoy es noche de pésames… El escribiente, naturalmente, está allí…

—¡Pero bueno, señor párroco! Entonces ¿yo y las otras amigas vamos a tener que pasar la noche bajo el mismo techo que el hereje?


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