El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —Tiene que ser así. El muchacho, de momento, es considerado como de la familia… Además, doña Josefa, usted, doña María y las Gansositas son personas de la mayor virtud…, pero nosotros no debemos estar orgullosos de nuestra virtud. Nos arriesgamos a perder todos los frutos. Y es un acto de humildad, que agrada mucho a Dios, que nos mezclemos algunas veces con los malos. Es cómo cuando un gran señor tiene que estar al lado de un cavador… Es como si dijésemos: «Yo te supero en virtud, pero en comparación con la que debería tener para entrar en la gloria, ¡quién sabe si no soy tan pecador como tú!…». Y esta humillación del alma es la mejor ofrenda que podemos hacer a Jesús.
Doña Josefa lo escuchaba embelesada; y con gran admiración:
—¡Ay, señor párroco, hasta da virtud escucharlo!
Amaro se inclinó:
—A veces Dios, en su bondad, me inspira palabras justas… Pero, señora, no quiero aburrirla más. Quedamos en eso. Usted habla mañana con la pequeña; y si, como es de suponer, ella consiente en escuchar mis consejos, me la trae a la catedral el sábado a las ocho. ¡Y háblele con firmeza, doña Josefa!
—¡Déjemela a mí, señor párroco!… Entonces ¿no quiere probar mi mermelada?