El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —¡Hay una falta de respeto por todo! —exclamó el canónigo—. ¡Un cebollino que daba salud sólo verlo! Pues señores, ¡allá va! Esto es lo que yo llamo un sacrilegio… ¡Un insolente sacrilegio! —añadió con convicción; porque el robo de su cebollino, el cebollino de un canónigo, le parecía un acto de impiedad tan negro como el robo de los cálices de la catedral.
—Falta de temor de Dios, falta de religión —observó doña Josefa.
—¡Qué falta de religión! —replicó el canónigo exasperado—. ¡Lo que faltan son policías, eso es lo que falta! —Y volviéndose hacia Amaro—: Hoy es el entierro de la vieja, ¿no? ¡Encima eso! Venga, hermana, lléveme allí dentro un alzacuellos limpio y los zapatos de hebilla.
El padre Amaro, entonces, volviendo a su preocupación:
—Estábamos aquí hablando del caso de João Eduardo: ¡el «Comunicado»!
—¡Otra canallada igual! —dijo el canónigo—. ¡Fíjense en ésa también! ¡Qué gentuza anda por el mundo, qué gentuza! —Y se quedó con los brazos cruzados, los ojos muy abiertos, como si contemplase una legión de monstruos sueltos por el universo lanzándose con impudicia contra las reputaciones, los principios de la Iglesia, el honor de las familias y el cebollino del clero.