El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Al salir, el padre Amaro recordó una vez más sus instrucciones a doña Josefa, que lo había acompañado al rellano:
—Así que hoy, noche de pésames, no se hace nada. Mañana habla con la muchacha y allá por el fin de semana me la lleva a la catedral. Bien. Y convenza a la chiquilla, doña Josefa, ¡trate de salvar esa alma! Mire que Dios tiene los ojos puestos en usted. Háblele con firmeza, ¡háblele con firmeza!… Y nuestro canónigo que se entienda con la Sanjoaneira.
—Puede irse tranquilo, señor párroco. Soy su madrina y, quiera o no quiera, la pondré en el camino de la salvación.
—Amén —dijo el padre Amaro.