El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Aquella noche, en efecto, doña Josefa «no hizo nada». Había pésames en la Rua da Misericórdia. Estaban abajo, en la salita, lúgubremente iluminada por una sola vela con un abat-jour verde oscuro. La Sanjoaneira y Amélia, de luto, ocupaban tristemente el centro del canapé; y alrededor, en las hileras de sillas arrimadas a la pared, las amigas, vestidas de intenso negro, se mantenían fúnebremente inmóviles, con los rostros afligidos, en un entumecimiento mudo. A veces bisbiseaban dos voces, o surgía un suspiro desde un rincón en la sombra. Después Libaninho, o Artur Couceiro, iba de puntillas a despabilar la mecha de la vela; doña María da Assunção expectoraba su catarro con un sonido lloroso y en el silencio se oían ruidos de zuecos sobre el empedrado de las calles, o los cuartos de hora en el reloj de A Misericõrdia.
Cada cierto tiempo entraba la Ruça, toda de negro, con la bandejita de dulces y tazas de té; se levantaba entonces el abat-jour; y las viejas, que ya iban cerrando los párpados, al notar más claridad en la sala se llevaban los pañuelos a los ojos y, acompañándose de ayes, se servían bollitos de A Encarnação.