El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Allà estaba João Eduardo, en una esquina, ignorado, al lado de la Gansoso sorda, que dormÃa con la boca abierta; toda la noche su mirada habÃa buscado en vano la de Amélia, que no se movÃa, el rostro sobre el pecho, las manos en el regazo, doblando y desdoblando su pañuelito de Cambray. El padre Amaro y el canónigo Dias habÃan llegado a las nueve. El párroco, con pasos solemnes, fue a decirle a la Sanjoaneira:
—Señora mÃa, el golpe es grande. Pero consolémonos pensando que su buena hermana está en este momento gozando de la compañÃa de Jesucristo.
Hubo alrededor un murmullo de sollozos; y como no quedaban sillas, los dos eclesiásticos se sentaron en las dos esquinas del canapé, con la Sanjoaneira y Amélia en el medio, llorando. Eran asà reconocidos como personas de la familia; doña MarÃa da Assunção le dijo en voz baja a doña Joaquina Gansoso:
—¡Ay, hasta da gusto verlos asà a los cuatro!
Y hasta las diez continuó la noche de pésames, lúgubre y somnolienta, apenas perturbada por la tos incesante de João Eduardo, que estaba constipado y que (en opinión de doña Josefa Dias, que se lo dijo después a todos) «tosÃa sólo para hacer burla y para reÃrse del respeto a los muertos».