El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Dos días más tarde, a las ocho de la mañana, doña Josefa Dias y Amélia entraron en la catedral después de haberse parado a hablar en el atrio con Amparo, la mujer del boticario, que tenía una hija con sarampión y que, pese a no ser cosa de cuidado, «había ido por si acaso a hacer una promesa».
El día estaba nublado, la iglesia tenía una luz parda. Amélia, pálida bajo su velo de encaje, se detuvo enfrente del altar de Nuestra Señora de los Dolores, se dejó caer de rodillas y permaneció inmóvil, con el rostro sobre el misal. Doña Josefa Dias, con pasos fofos, tras haberse arrodillado ante la capilla del Santísimo y ante el altar mayor, empujó despacito la puerta de la sacristía: allí, el padre Amaro paseaba con los hombros curvados y las manos a la espalda.
—Entonces, ¿qué? —preguntó, levantando hacia doña Josefa su cara muy afeitada en la que brillaban inquietos los ojos.
—Está ahí —dijo la vieja en voz baja, con expresión de triunfo—. ¡Yo misma he ido a buscarla! ¡Ay, señor párroco, háblele con firmeza, no se las ahorre! ¡Ahora se la traigo!
—¡Gracias, gracias, doña Josefa! —dijo el cura, estrechándole con fuerza las dos manos—. Dios se lo ha de tener en cuenta.