El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Miró alrededor, nervioso; se palpó para asegurarse de llevar el pañuelo, la cartera con los papeles; y cerrando con cuidado la puerta de la sacristía bajó a la iglesia. Amélia estaba todavía arrodillada, componiendo un bulto negro e inmóvil contra el pilar blanco.
—¡Pst! —le hizo doña Josefa.
Ella se levantó lentamente, muy colorada, arreglando con manos temblorosas los pliegues del velo alrededor del cuello.
—Aquí se la dejo, señor párroco —dijo la vieja—. Voy junto a Amparo, la de la botica, y después vengo por ella… Anda, hija, anda, ¡Dios te ilumine esa alma!
Y salió, haciendo reverencias a todos los altares.
Carlos el de la botica —inquilino del canónigo y algo moroso en el pago del alquiler— se descubrió con mucho aparato apenas doña Josefa apareció en la puerta, y la llevó luego arriba, a la sala con visillos donde Amparo cosía junto a la ventana.
—¡Ay!, no se entretenga, señor Carlos —le decía la vieja—. No deje sus quehaceres. He dejado a mi ahijada en la catedral y vengo aquí a descansar un poquito.
—Entonces, con su permiso… ¿Y cómo anda nuestro canónigo?